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La juventud vendetta


No recuerdo la gente de la fiesta, fue hace más de cuatro años. En una casa de descanso en las faldas de un cerro, era invierno (eso creo porque hacía mucho frío y llovía, otoño no era porque tuvimos que haber ido en vacaciones). De visita en un lugar lleno de caballos, un amplificador Fender que después serían dos, comida, un auto, ropa para el frío.

¿Por qué lo recuerdo ahora? porque no recuerdo casi nada después de una determinada hora. Partir a la mitad la tarde, comer y dar un paseo por el lugar. La deriva del cerro y las pequeñas historias de gente que muere por un rayo. La caída del día entre pequeños cerdos, preparativos para una noche larga. Caballos en calles empedradas, enormes caballos relinchando.

Noche en los tejados, de rojo carmesí a tonos dorados, noche en las calles con sus perros y la gente cansada del trabajo. Luz entre la cocina y la sala, la terraza miente en ser de noche: gritos de juventud, olor a pasto entre los mosaicos, entre la mesa y los sillones de algún color que no recuerdo.

Gritos y más gente en la casa, comida regada y bebidas de los que puedas imaginar. Autos entran y salen, otros ya no salen y son rotos en el camino. Analepsis, luz en alguna parte de mi mente y risas, The hand that feeds como fondo, baile y gritos mientras todos nos observan y aburridos suspiran, felicidad de juventud, eso era la felicidad tan palpable y remota, vivir una vez más esos años.

Reiterar la información: un paso a la vez, cigarro en la mano de alguien, tropiezos y bebidas, entre todos abrazados guiados al jardín entre el rocío de madrugada y El Chino corriendo al cerro para buscar respuestas, risas de nuestra parte y caída en el pasto. Felicidad, felicidad, felicidad, felicidad, felicidad vista desde cuatro puntos distintos en cuatro cerebros distintos, desmembrados cada uno según su recuerdo y el control de la risa, acostados en el pasto entre las pequeñas gotas que saben a placer y amor.


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