El tercer personaje, el destructor, el invasor. Vigilante desde el primer momento, involucra su ansiedad entre los protagonistas (o tal vez él siempre fue el único de todos ellos). Quiere romper el cuadro, quiere destruir el equilibrio que se ha logrado con aquella tenue oscuridad, con la tranquilidad que han construido con base en la inocencia. No se quiere ir, invadirá cada centímetro con su angustia. Al final quedará él entre la soledad de un objeto y el sombrero que protege su mirada. Tranquilo esperará el mínimo error, el mínimo descuido. En un movimiento leve de ola todo estará destruido. El observador, el caníbal.
Recuerdo el cabello castaño y la cinta de seda color rosa de su vestido. Y quiero que vuelvan como aquel 23. Quiero volver a sentir las nubes en mis pies, hablar con ellos y que me abracen de una manera tiernamente lejana. Y estoy tan emocionada que no puedo parar de escribir (escritura automática). Siento aquella sensación calidad como cuando tomo un ICEE, cuando camino sola por cualquier ciudad, ponerme un sombrero, caminar con zapatos ligeros por la noche hasta que me dé miedo, despertar en domingo y leer un libro en la cama, oler flores, cazar catarinas, regar tréboles de cuatro hojas, manejar de noche por la carretera, comer un helado, sonreír mientras me abrazo, acostarme en el pasto y ver las nubes, paradiddle en cualquier superficie, montar un caballo, comer frutas rojas, silbar melodías y cantar, verte reír, buscar constelaciones en los lunares, escoger entre los colores.
Un presagio. El enamoramiento. Una nueva canción. Un caballo azul. Mi bella Kazu y Blonde Redhead.