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Crónica de una noche anunciada


Me gusta manejar en carretera, sobre todo cuando el sol se oculta. Tonos de luz natural. Me gustan las carreteras y he encontrado un placer manejar en ciertas circunstancias.

Ayer fue una noche increíble, siempre las historias de la noche son maravillosas, por alguna extraña razón siempre están creadas en nuestra mente. Noche de nuevos y viejos amigos, las relaciones se unen por aquella teoría matemática de las conexiones humanas. Todos teníamos un origen de amistad y algunos volvieron a reconciliar deudas del pasado: el perdón.

El perdón dado de mil formas, en abrazos o palabras de consuelos. Después de perdonar a alguien en nuestro ser queda una alegría que se refleja, es sabio saber perdonar por todo, no importa el suceso ni la consecuencia.

Noche de mujeres hermosas y otras casuales con preguntas de costumbre (creo maté la ilusión de una chica, espero no). Noche de chicos extraños que se volvieron comunes ante la arrogancia. Muestras nuevas de relaciones a futuro, otras que se encontraron y no pudieron cruzar ni un mínimo gesto. Deudas, deudores y deudos.

Música toda la noche hasta que nos corrieron, tocar por tocar con extraños que por un momento se vuelven amigos de canciones, de cuatro o cinco minutos. Pero lo mejor fue que tuve ánimos para cantar. Casi al final dos hermanos tocaron una canción extraña de escuchar. En ese momento no me quedó otra más que correr al escenario y entre todos nos reconocimos y cantamos... nos sabíamos la canción, extraño proceso de la mente de recordar canciones que no se oyen siempre. En su primer riff no hubo escusa para no brindar con los amigos, entre lágrimas algunos, otros abrazados y yo cantando sola entre tantos.


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